LAZOS DE SOLEDAD

Hoy más que nunca lo recuerdo todo. Cada detalle de ese día. Llevo por nombre el más apropiado para mi situación de vida.

Durante ese día viví unas horas cargadas de angustia alguna, me encontraba perturbada porque algo muy turbio me entristecía y por momentos me exasperaba, preguntándome qué era eso que me hacía sentir de esa manera. Durante todo mi día de trabajo me sentí angustiada, como advertida de algo pronto a suceder y precisamente esas sensaciones que padecía me llevaban a pensar en mi hogar y en mi padre que se encontraba solo en casa, con una tormenta interna que debido a su conducta tan débil y serena en ocasiones podría pasar por inadvertida, aunque no para mí.

Mi padre era un hombre tan solitario como yo, y solo nos teníamos el uno al otro. Llevábamos con nosotros muchas tragedias y lo que significa ser parte de nuestra familia. Él era un hombre depresivo y con los años se volvió cada vez más triste. Últimamente lo veía extraño y escapando de todo… hasta de mí. Quizá por eso pensaba tanto en él, porque su aislamiento aunque no me sorprendía, no dejaba de preocuparme.

Eran las cuatro y veintidós de la tarde; me preparaba para regresar a casa después de un día que nunca se me había hecho tan largo. Cómo olvidar el frío que irrumpió mis huesos y lo nublado que se volvió el día, cuando de pronto recibí una llamada y antes de contestarla sentí un fuerte dolor en mi pecho, como si me perforaran grandes agujas y con el miedo que no lograba reconocer desde tempranas horas —me tragué la saliva y suspiré profundamente mientras mis manos temblaban— me preparé para lo peor.

—Señora Soledad, su padre ha muer…—mi cuerpo perdió fuerza alguna mientras me desvanecí en el suelo con él. No recuerdo cuánto tiempo me tomó llgar a casa, solo sé que fue eterno y lacerante.

Llegué a casa y en su habitación estaba mi padre; sobre su cama todavía reposaba su cuerpo frío y abandonado —con la misma arma con la que mi abuelo se quitó la vida —no dejaba de pensar. Una bala perforó hasta la última esperanza de tener una vida normal y se sumergió en el súbito abandono de este mundo. El almohadón cubrió el secreto que guardaba y que apenas yo conocía: su deterioro y fatídico final.

Ver a mi padre en esas condiciones fue devastador. Me quebré completamente sin lograr concebir porqué tenía que ser ese su fin. Descendí a una depresión y desesperación en la que me sumergí en la tristeza y desde ese entonces no pude ascender de ella nunca más. Me abandoné por completo.

Tomé en cuanto pude el arma y lo oculté, después de todo me pertenecía como herencia de mi familia, como la salida que tenía nuestras vidas al peso que llevábamos.

Hubiese preferido poder conservar su cara de otra manera, pero se me hacía imposible ante ese rostro destruido y cubierto de sangre porque será ese el recuerdo que tendré y me llevaré de mi padre.

Después de su partida estoy sola y todo lo que queda de mí es esto que soy y otra desgracia en mi familia que se hace una carga más para mi triste vida, y nada distinta de la mía podía ser la de mi padre; hombre dulce, sabio, melancólico y profundamente acabado. Su vida fue marcada por el suicidio de mi abuelo, quien lo dejó lleno de preguntas oscuras y una existencia perturbada. Tan sabio como quebrado, y todo eso que adquirió de su experiencia en este mundo fue precisamente lo que acabó con él. Se volvió un hombre depresivo y solitario, quiso desprenderse de todo después de que la muerte obligara a mi madre a abandonarnos, dejándonos un vacío en común a mi padre y a mí.

Presenció la muerte de su padre y desde ese entonces no volvió a ser el mismo, y aunque no presencié el acto, llevo la imagen de su cuerpo pálido en mi recuerdo, su muerte, mi herencia, tampoco volveré a ser la misma, porque las cargas de mi familia acabarán de la misma manera conmigo y seré el fin de nuestra desgracia. Quizá después de todo mi nombre fue un presagio.

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